La impotencia que te torna irascible, que te envenena y que te hace decir qué cojones hago para merecer esto.
Con lo grácil que era amansar mis miedos con tu simple voz, con la calma que experimentaban estas mareas al chocar contra tu bronceada piel.
Es extraño verte sonreír, es hiriente incluso saber que hay un vacío entre todo aquello que nos unía pese a la distancia. Como si un desfile al matadero se tratase, ahí caen las preguntas, todas las veces que te pienso a diario, las ganas de escribirte y decirte con lágrimas de alegría que lo estoy consiguiendo... Cuando tú ya estás pensando en comprar billetes a un destino paradisíaco, donde saldran mis fotos increíbles, donde las experiencias serán incalculables, allí donde una vez más no estaré yo para decirte aquello que soñaba con susurrarte: "me llena el alma verte sonreír conmigo".
Soy un figurante más. Un extra que se difuminará con el tiempo a medida que la cámara vaya alejándose ¿Y sabes qué? Que me diste lo mejor, que me hiciste ser feliz, que conservaba la inocencia de un adolescente enamorado por primera vez y, a la vez, la responsabilidad de querer ser mejor persona para que me idolatrases solo la mitad de lo que yo lo hacía contigo.
Y vendrán flores y vientos secos, sin descartar alguna que otra lagrimada, porque nunca se sabe, y será un milagro volver a coincidir, pero cómo se me parte el alma cada vez que llego a Atocha.
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