lunes, 1 de abril de 2024

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Hola viejo amigo, ¿Cuánto tiempo, verdad? Aquí estamos otra vez, con el pecho hundido y entre ríos de amargura. Qué rabia el tener que asumir que al final te sientes identificado con esas publicaciones chorra que siempre veías en redes de ruptura, de memes, de todo eso que mirabas por el encima del hombro al tener la falsa confianza de que nunca te pasaría... y aquí estamos, besando el pedregoso asfalto de la derrota más humillante, la de haberse fallado a todo lo que uno mismo quería.

¿Cómo te digo que había dado un pequeño salto en este carrusel de acantilados que es la puta vida? Que sigo en esta ciudad, que cada día siento que me drena más el alma. Que empieza a transmitir una especie de claustrofobia mezclada con ese irremediable temor del paso del tiempo entre los dedos. Esa imagen de imposibilidad de parar el cronos, esa hostia en la cara de aceptación de que hay que lidiar con ello, no intentar evitarlo. Ah, sí, FOMO lo llaman ahora, "Fear of Missing Out" o, si lo buscamos en Google, "una aprensión generalizada de que otros podrían estar teniendo experiencias gratificantes de las cuales uno está ausente", y sí, siento totalmente eso y siento que con ella lo eliminaba por completo. Qué putada, ¿verdad?

Nunca pensé que me romperían el corazón de nuevo. Supongo que para eso nunca se es demasiado viejo. Recuperar la sonrisa en mí mismo gracias a la ayuda de otra persona fue un bello proceso, porque si no hubiera sido por ella, seguramente nunca hubiera vuelto a pasar brevemente por aquí para decirte que estaba feliz, que me iba a la cama abrazando la almohada más de lo normal, que los días parecían aquellos risueños atardeceres que nos gustaba sentir en Córdoba, que ahora obviamente no era nada fácil, pero que lo estaba intentando.

Y hay veces que siento que lo di todo y otras que me culpo por no haber estado demasiado atento. Sigo de todas maneras sin tenerlas todas conmigo, se fue porque se le apagó la llama "¿Cómo hago para recuperar eso?" me preguntaba entre lágrimas mientras se me partía el alma de escuchar algo así. "Pues no lo sé", respondí totalmente abatido, desarmado y desalmado. Yo solo sé que la mía nunca se apagó, porque la cuidaba como algo bello, sagrado y que implosionaba como un volcán al verla de nuevo cada vez, aunque fuera por unas horas un par de veces por mes.

Dicho así, quizás tenga sentido que se haya acabado. Lo notaba, ¿una relación a distancia? Pues sí, pero también sé que hubiera sido un viaducto al siguiente paso, a lanzarme al vacío sin red de seguridad, sin saber si el paracaídas se abriría o no, pero cogido de la mano con alguien.

Quizás sea el momento de pensar que hay que lanzarse sin más, más temprano que tarde, porque si no, nunca sabré si hay agua en la piscina.


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