Es el fuego en las telas incandescentes. Y es cierto que el ser humano descubrió este invento hace miles de años, pero nunca para de sorprendernos cuando el frío invierno nos atraviesa los huesos.
Ardía a la luz colorada e intensa, como un reflejo de sus intenciones que se desataron en una tormenta primeriza. Era un sinsentido tras otro ante el absorto de mi profundo consciente. Está pasando que, de dar un leve mordisco a esa manzana por mejilla, descubrí el sabor de un fruto prohibido que quería volver a degustar.
Y sin hartazgo ni empacho. Las manos recorrieron horizontales y verticales, ante los temblores, cuerpo adentro. Experimentaba y me dejaba llevar por un fuego que no explotaba de tal manera desde hacía mucho tiempo. A cada roce, una nueva chispa de consumo lento y pausado, suave. Y otras veces, una pura mascletá de impulsos mutuos, codiciosos de carne, serotonina y orgasmo. Es lo que yo quería.
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