No importa los secretos, las puertas o los muros... inundará todo. El vino tiene su qué, y por muy barato que salga, no es necesario demasiado tiempo para que nos abrace en su primera fase de vislumbra y embriaguez.
Unos vasos, unas copas o unos tragos son suficientes para que el cerebro comience a idear nuestra realidad paralela. Y es tal la fuerza y la potencia de esta visión que en parte, nos creemos lo suficientemente poco humanos y lo mucho dioses, que nos lanzamos a ella, sin importar el qué, el cuando, e incluso muchas veces el quién.
Ay, humano, cuánto abarca tu significado; cuantas veces quise sentirme identificado; cuantos besos soñé sin estar a su lado; cuantos dolores de cabeza me hicieron sentir desayunado.
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