Cancerberos. Las manos únicas que pueden abrazar a un balón sumamente pataleado. La figura de la soledad enmarcada bajo listones a proteger, unos lisos coloridos por la pureza, otros coloreados a dos tintes entrecortados, más todos otros aquellos marcos que por muchas formas o tamaños que tengan, siempre estarán tirados por una última línea.
-Porteros... están locos- dicen los mancos por el reglamento. Pregoneros desde la retaguardia, lanzando órdenes para evitar que las murallas caigan, sabedores de vivir en un continuo techo bajo la espada de Damocles. La gloria del desbarate, la derrota del gol. La última frontera.
Guardametas. Miman la bola entre sus manos, con la misión salvadora de dejar al esférico campar a las anchas del abierto campo y evitando que éste caiga en redes de caza. Allí donde otros tantos quieren verlo.
La presión de ser el hombre que decida la igualdad o el desastre. La tortura masoca de vivir hipotecado a una causa. Cuántos soñadores reproducen aquel anuncio de coca-cola y cuántos gritan el alivio rabioso al poder marcar un tanto desde sus dominios de canchas menos vastas que los grandes campos de verde césped.
Santos, salvadores, milagrosos. Otros animados por una agilidad más propia de los felinos, reflejos de instinto animal. Asi hasta los caídos y viejos, los "cantantes" que, derrumbados, entonan notas de vergüenza para que la tierra tenga más hambre que su portería, y los engulla para ahorrarles la miseria del fracaso.
"Es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos.Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento." (Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra, 2003)
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