miércoles, 19 de noviembre de 2014

Carta a una (des)conocida

Noches (las buenas me las guardo para cuando me preguntes sobre mis virtudes por aquello de la calidad y no la cantidad; la de las virtudes):

Te escribo a modo de auto, a modo de queja. La del chasquido de aquel mazo de madera. Un chasquido a lo "árbol va" haciendo caer a este olmo llamado alma.

Tú ni caso. Para que no sintieras pena al ver mi yo ante tal inconcluencia, hice un viaje exprés a Venecia para comprar la mejor de las máscaras y plantarme de nuevo ante ti; pero como tampoco surgió pues tuve que cambiarte de tema.

El hombre es el sexo débil de la delicadeza; una versión que se aleja de la mínima comprensión necesaria para tus caracolados cartílagos. Vale, quizás no todos los hombres, quizás yo y los vagabundos de la epifanía shakespiriana.

No voy a hablar más de mi por que ya no me queda nada nuevo que contar. Está todo ahí, en palabras. En vasos de whisky barato y cervezas con etiquetas despegadas. En camas rotas, de llanto, de muelles y de patas. En las historias que me vine a encontrar sin buscarlas. En poemas que grazné al oído para romper caderas a grito prohibido. Un payaso de como otros tantos, un hijoputa del que no tiene culpa su madre. El juguete roto que vale para desahogarse tirándolo contra la pared, pero que no lo dejan por si hiciera falta mañana.

Y volviendo a ti, (des)conocida:
Te busco por calles, por eso de que en Cuenca hay guaridas bajo las aceras y tus pasos dejan las marcas en todas las empedradas vías, y ya se sabe que todos los caminos conducen a Roma.

Roma ; amoR.

(Vamos, no me jodas)

Gasto noche tras noche preguntando algo que no sé a alguien que no conozco. Agotando palabras como el que juega al blackjack sólo con baraja española y se guarda las últimas monedas para una bonita corbata de soga.

Por que esto, la punta de éste lápiz,  llegará a su fin. Al menos durante un tiempo, al menos hasta que consiga vivir.

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