Son las 4 de la mañana pero, ¿a quién le importa? Subía la avenida de los cuatro carriles con el aire soplando de frente y abriéndome la chaqueta mientras me dejaba hacer. La lluvia acompañaba en forma casi suspendida. Era como una tizne refrescante que acariciaba las ideas, desnudas tras volárseme la capucha.
Veía a las ratas saltarinas entre la basura. Las nubes cerrando el cielo. Los deseos concedidos. Qué noche.
Ha llegado el frío en Cuenca cuando escupía más calor. Los vecinos del último piso se esquivan mientras sus hijos se saludan hasta que se tocan. Ahora se adivinan las paces. La ropa tendida en el patio se cae. Las pinzas se aprietan entonces con más fuerza. Los hijos vuelven a tocarse. Y el cartero está llamando a la puerta del bajo, que tiene correspondencia para ambas escaleras.
Romper la cordialidad y que ella no empiece primero. Invitarla al cine sin más cinta que la que proyectan sus ojos. - ¿Te gusta la película?-. Asiente. Se muerde el labio. Me acaricia la raspada nuca y pide que continúe.
Cuando acabaron mis tiradas se hizo el cambio de turno. En abrigo aún, tardo poco en dejar mis vergüenzas en virtudes. Ya no hay más luz en el bloque que la del que escribe a altas horas de la madrugada.
Yo estaba...¿dónde estaba? Abrí los ojos y aprisionado en un ataúd sin tapa disfrutaba observando las mismísimas puertas del cielo. Sonrío, nunca un muerto estuvo tan vivo. No puedo moverme, mis nervios están hipotecados a su merced. Los sudores se reúnen formado inundaciones en las concavidades de mi torso: la junta del pecho, la hendidura del cuello, los hombros... todo se inunda, todo se limpia, pero ahí sigo, sin poder moverme. Sonrío, nunca un esclavo fue tan libre.
Inspiro, sexpiro... voy soltando vapor de pulmón, caliente como la mayor de mis intenciones.
Yo estaba...¿dónde estaba? Abrí los ojos y aprisionado en un ataúd sin tapa disfrutaba observando las mismísimas puertas del cielo. Sonrío, nunca un muerto estuvo tan vivo. No puedo moverme, mis nervios están hipotecados a su merced. Los sudores se reúnen formado inundaciones en las concavidades de mi torso: la junta del pecho, la hendidura del cuello, los hombros... todo se inunda, todo se limpia, pero ahí sigo, sin poder moverme. Sonrío, nunca un esclavo fue tan libre.
Inspiro, sexpiro... voy soltando vapor de pulmón, caliente como la mayor de mis intenciones.

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