domingo, 30 de noviembre de 2014

Se acabó

Se acabó esto, tu aquello, el suyo, lo nuestro.

Se acabaron los estúpidos coqueteos que no llevan a nada en tus búsquedas de príncipe azul ante este campesino de lengua trucada.

Se acabó pensarte hasta las tantas , el dibujarte una vida perdida entre mis mantas. Como el acabose de un mensaje sin cobertura; se acabó el matarte con esto y ser el culpable de tu conjetura.

Como se acaba aquello de te echo de menos pero no para quererte. Termina el tedio de esta palabrería absurda que nació de un asma provocado de "la he visto por una calle de Madrid" y termina construyéndome un muro de Berlín.

Se acabó el desnudarme sin desabrochar un misero botón; el prometer hasta meter y una vez metido, pintar una espiral del silencio en tu ombligo.

Se acabó el darte pena. Se acabó esta condena de que por quererte de postre me quede sin cena.

Se acaba ya mi saliva por aliviar la tortura que me infligiste en aquella mañana cálida. 

Una última calada de ese mirar de ojos escondiendo un te quiero pero no te quiero. 

Celos que son ceros a mi izquierda. La luna se acaba de escapar de mi planeta. Las niñas que ya no juegan con muñecas, los niños que empiezan a romperse las muñecas.

Se acabó en que te la mamen con mimo. 

El fin de las guerras, el amanecer del olvido.

Ya no más, pues me hice tomar dos tazas provocando la vomitona sobre mi esperanza de seguir en este lugar.

Olvidarte las llaves dentro de casa, perder la cartera, apagar el teléfono. Se acabó el disimular cuando vuela baja la cortesía, por lo de "hazme un cortesiaprendro demasiado".

Se acabó esta debacle, la muerte del oportunismo, el soñar en público, el bromear sin gracia. 

Para qué corporación dermoestética si lo único que tengo que hacer es estar callado.

Se acabaron los mensajes de señorío, la llamada de auxilio, los lunes, jueves y viernes a la sombra almidonada.

Quemaré el puente que aún no he cruzado, la ciudad del amor, los cuartillos con vistas al este de la capital, el hielo del norte, todo.

Y a la hilera de un látigo me empequeñeceré hasta que renazcan ideales, plantas que no hagan fotosíntesis, monstruos de armario. Lo bello de lo abstracto.

Por todas esas cosas, por todos esos casos. Yo, el otro, la pintura emborronada, provocador de giros de cabeza para no visualizarme entre retales de gotas en caída libre celestial, la mirra.

Se acabó.

Parafraseando a Sofía Amón, "la facilidad de los poetas para vivir tan INTENSAMENTE el amor y el desamor los descalifica como proveedores de información objetiva en dicha materia", y yo estoy harto de jugar a ser trovador. 

Hasta que lo que tenga que decir sea esencialmente reverente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario