Son noches de verano. Desde la osadía ratera de mi habitación -aquella que abandono solo para alimentarme cual rata campera de tuberías de acero- siempre abro la ventana a la mente, en parte por este aburrimiento sin respuesta locomotora, en parte porque hay Steinburg en la nevera de casa.
Al viajar hoy a la gran ciudad, he sentido una bofetada. De esas de cuando das un beso con atrevimiento en demasía, te suelta la dama de turno solo para hacerse la dura medio segundo antes de volver a fundirse entre las carnosas mandíbulas. Paseando por antiguas calles que fueron la vida propia de la persona que compongo, los recuerdos entran tan dulcemente como ese olor a jazmín que reina en toda la ciudad. Te levita, como la mejor mujer vestida sólo con su perfume.
Callejear por Conde de Vallellano, Virgen Maria, Felipe II... Como un historiador añejo mirando hacia arriba, a los balcones donde susurraba a la reina mora los agradecimiento de sus calores diarios y su ahogos de noche, el aroma a jardines, la gracia única.
Que yo se que los que vienen, lo hacen deseosos de tus arcos bicolor, de las flores de tu alcázar, de la historia de tu Medina y perderse en las callejuelas de judería para encontrar patrimonio de la humanidad... Pero yo, cada vez que vengo a visitarte, tengo mi propia guía, mis monumentos, mis ruinas. Un turista diferente.
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