El caso es que hubo cambios. Solo eso, cambios. El yugo de esa maldita metralla que me estallaba en la cara, haciendo que todos los días fueran lunes, ya no está. En su lugar volvió el agobio por pensar qué puede tener mas flexibilidad, si tus cambios de humor o tu nuevo sueldo.
Por las noches sigue siendo la misma historia. Preguntas y más preguntas que avivan esta constante lucha por la supervivencia. La terapia ayuda, los polvos efímeros son caladas al aire, aunque me pasa como esas personas que solo fuman en bodas.
A veces me replanteo el hecho de buscar pareja. Luego recuerdo mi constante necesidad de sentarme conmigo mismo y se me pasa. Al mismo tiempo, me engulle la necesidad de sociabilizar, de ahí que últimamente más que nunca esté visitando bares. Es uno de los mejores alicientes para salir de forma voluntaria de la cama.
Es mi cumpleaños. Y hay felicitaciones que seguramente hayan ido al mismo buzón al que mandaron mi carta de Hogwarts. Me gustaría tener una simple conversación a modo de regalo. Una sincera respuesta a la pregunta ‘¿Cómo estás?’ o si alguna vez me recuerdas. Yo hay veces que lo hago. Lo reconozco. Y no pasa absolutamente nada, pues esto de madurar (en parte) va de saber diferenciar hasta que punto tus deseos estan totalmente alejados de la realidad. Que los sueños, sueños son. Pero que ello no quita que sí me dices que va bien, que te vas a casar o vas a afrontar cualquier otro cambio de los importantes, te desee lo mejor.
Me gusta hacerme el peliculero. Apropiarme de un papel solitario, vago, perdido. Insólito, para luego querer quejarme desde el fondo del abismo, aquel que visito de vez en cuando, aquel en el que nos conocimos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario