El marco lo restauró mi madre. Ella fue la razón por la que en algún momento creí que podría tener la oportunidad de desenvolverme bien en esto de las artes. En lugar de tirar los cuatro tablones de madera fina que antes estiraban un trapo con una nefasta caricatura, los pintó de oscuro, tejió hilos entre sus enclaves y colgó unas pocas fotos de mi infancia.
En ese mosaico de mis años “mozos” está anclado un marcapáginas con dedicatoria. Me lo diste tiempo después de herirnos de gravedad y luego firmar una cebada tregua por la que siempre llevaremos el Turri en nuestros corazones. No sé si fue tu regalo de despedida. No sé si me he inventado esto y me lo diste tiempo después. Pero mi memoria de pez sí recuerda parte de lo que escribiste. Un ánimo a que siguiera escribiendo para que continuara dejando a gente sin respiración.
Allí quedó colgado. Como un “in memoriam” de las veces que jugamos a ser “poetas de pacotilla”, cuando idealizábamos polvos en prosa barata. Allí está firmado por tí. Allí lo dejé no por dejar una cosa más, sino porque no podría perdonarme el perder algo así y porque, cosas del destino, es ahora cuando tengo un libro que marcar con él. De la misma forma que me marcó el chocarme contigo la noche antes de que no te fueras lo suficientemente lejos para que terminara encontrándote, escribiéndote y... más o menos ya conoces el resto.
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