Ayer, un compañero de profesión, al que tengo gran admiración, me preguntó que cómo me iba en la vida de soltero. Como si fuera algo extraño. “Feliz”, contesté sin ocultar matices. Y no es que antes fuera el infierno, obviamente las agujas y los calendarios dejan tachones de mayor o menor grosor y no todo es blanco y negro, pero había demasiado gris apagado.
Soy un ser egoísta que pocas veces renuncia a su condición. Y es así. Me gusta llegar a casa. Beber. Agua, cola o cerveza, pero echar un trago notable que diluya todo lo que cargo en mi interior cuando salgo por las mañana por esa puerta. Y pongo música y le pregunto a Alexa que qué tiempo hará mañana como si no me fuera a poner otra vez los pantalones cómodos y una camiseta corta.
Y no es que odie a la gente, no a toda. Ni convierto esto en un refugio mental donde leer (hábito que también he recuperado, como la escritura), pensar, cerrar los ojos, bajar la bombilla a una luz tenue...
si es que soy muy peliculero.
Y voy a hacer 30. Compraré un matasuegras para celebrarlo, pero no lo haré sonar, no este año.
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