viernes, 4 de diciembre de 2020

Matasuegras

Hay frases que retumban en mi cabeza durante todo el día. Ahora, con tanto ruido, tecleo de oficina y auriculares a toda voz mezclados con la suscripción a Spotify, solo lo hacen por de noche.

Ayer, un compañero de profesión, al que tengo gran admiración, me preguntó que cómo me iba en la vida de soltero. Como si fuera algo extraño. “Feliz”, contesté sin ocultar matices. Y no es que antes fuera el infierno, obviamente las agujas y los calendarios dejan tachones de mayor o menor grosor y no todo es blanco y negro, pero había demasiado gris apagado.

Soy un ser egoísta que pocas veces renuncia a su condición. Y es así. Me gusta llegar a casa. Beber. Agua, cola o cerveza, pero echar un trago notable que diluya todo lo que cargo en mi interior cuando salgo por las mañana por esa puerta. Y pongo música y le pregunto a Alexa que qué tiempo hará mañana como si no me fuera a poner otra vez los pantalones cómodos y una camiseta corta.

Y no es que odie a la gente, no a toda. Ni convierto esto en un refugio mental donde leer  (hábito que también he recuperado, como la escritura), pensar, cerrar los ojos, bajar la bombilla a una luz tenue...


si es que soy muy peliculero.

Y voy a hacer 30. Compraré un matasuegras para celebrarlo, pero no lo haré sonar, no este año.

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