No me quites la música, que yo pago el Spoty. No me digas que no aviso, si la luz que hizo que bajaras de mis sueños truncó aquel despertar.
Sólo me acuerdo de lo que he bebido por las chapas en el escritorio, la sonrisa fácil y las ganas de compartir un te echo de menos sin miedo a que creas a que me voy a morir sin tí, y no. Pero coño, te tengo cariño.
Ya voy tachando los días. Y sé que el cambio de década como que representa aquello que la sociedad quieres que te diga, pero es que me sigo sintiendo un crío tímido, serio y sin gracia, que a veces explota y se consume en su autoexigencia y en una carrera constante por no dejarse alcanzar por el síndrome del impostor.
Y entre tanto, polvo somos, y en polvos nos convertimos. Es por eso que no desoyo a la voz de la experiencia, pero no creo que pueda decirle a mi inmadurez que no, ¿Divertido, verdad?
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