viernes, 25 de diciembre de 2020

Jazmín y vellos de punta

Estoy en casa. ¿Puedo decir siguiendo eso? La verdad es que ya no sé hasta qué punto puedo seguir llamando "primera casa" a esta tierra. Si ya de antes se hacía complicado volver por trabajo, ahora se ha vuelto cosa de un "aquí te pillo, aquí te mato" de llenar el depósito y chuparte cinco horas de carretera de ida, y otras cinco de vuelta.

Supongo que es el origen. Un inicio, un punto intermedio y un reseteo para desconectar de todo lo que sucede más allá de Despeñaperros. Me vale.

Es pasar por tu vera y se me levanta el vello un poquito. No me puedo engañar a mí mismo, pese a que sea de las mejores cosas que haga. Ese ambiente, las noches andareando por la ribera con los auriculares del tamaño de platillos para empaparme del aire del río y del invierno, era mi manera de olvidar el traqueteo y la locura de aquel trabajo, al menos, antes de chocarme de frente con tantas cosas que es normal que acabara en la enfermería.

Cruz Conde como línea de salida. Ciudad Jardín, el cubículo de paso y Conde de Vallellano, un punto por donde sigo viendo el cráter que dejó aquella explosión improvisada. Entre medias, calles y carreteras que la memoria me tiene guardadas en una biblioteca cogiendo polvo. Por eso cuando vuelvo, no puedo evitar pegar un fuerte soplido para ver con claridad lo que creció en ese asfalto.

Gracioso que en los entresijos de esa selva de cemento saliera a relucir a base de apretar los dientes. Un recuerdo que enmarco de manera constante, para recordarme que fue posible y que aún no me he vuelto lo suficientemente anciano para repetir esa jugada.

13 meses del 13, viviendo ese sueño que en el papel queda bien (con tu trabajo, aquel desvivir por el contoneo de unas caderas y que te pagasen por hacer lo segundo que más te divertía) y en la realidad fue entretenido, caótico y bueno... el resto se puede leer.

Desde aquel 5 de septiembre, he vivido más allá que acá. Visitándote en ocasiones contadas, con mayor o menor suerte, para impregnarme de ese olor a jazmín, el sentirme un chaval de nuevo, el recordarte como un ejercicio obligatorio de autoconciencia de que la felicidad tuvo un momento, e incluso formas. Pero que está bien donde está, guardada en esa estantería por la que pasar por delante y revisar todos esos triunfos personales. Me gusta verlo así.

Hay días en los que desde la lejanía te pienso. De lo mucho que me preguntan que por qué no vuelvo. Y qué puedo decirte, me siento bien. Sabiendo que tu sigues un camino del que yo decidí bajarme, pero que me gusta mirar en los mapas para decir, "eh, yo estuve allí".

Y en cuanto a lo otro, pues bueno. Me descojoné al coger el desvío a Málaga y, mientras pensaba en cómo estará todo eso, observar que delante tenía un coche. Un Kia Cerato - EX siguiendo camino de Sevilla mientras yo giraba para el carril de la derecha. La vida es una cachonda, desde luego.


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