Por momentos dejamos de ser humanos. Abandonados a lo más primario de nuestra existencia, las pócimas provocan el estío en nuestra boca. Llaman a la puerta impulsos de saber si en aquella persona corre el jugo de la calma.
El puente entre dos almas tendido por papilas, que tornan, revolotean sin alas chocando en cielos sin nubes, recubriendo de película dulce y transparente unos labios llamados a amortiguar el choque de hambre sin alimento, sino de algo adornado en nuestro genoma y que auspicia el placer inocuo del torrente de endorfinas, abrazos cargados de "como si fuera la última vez" y gritos, cantos mutuos de danza culmen en la cordillera de las emociones.
Y cuando escribo, repito una y mil cosas, la gracia está en decirlo de forma diferente, provocar el doble. Que parezca nuevo, cuando siempre estuvo ahí, como un genio del marketing.
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