martes, 30 de agosto de 2016

R (III)

Somos los inentendidos. Desde la barrera, nos observan como bestias hambrientas arropando un melón sintético. Eso y golpes, crujidos, gritos involucionados, caos. Miedo, sienten miedo y extrañeza por los “destartalados” que pisotean un césped con porterías más altas que anchas y sin redes.

El rugby es una extrañeza en nuestras lindes que destapamos cada vez más  y vamos entendiendo un deporte que aúna extremos. La dureza del choque con la precisión de la anticipación y el marcar del tiempo —el timming—; El tremendo tonelaje de los primeras líneas con la agilidad y velocidad de los alas; La experiencia de las arrugas de uno bajo el casco con la sonrisa y los nervios noveles que aprietan un bucal casi virgen.
Un evento democrático, quizás de los mayores de todas las disciplinas. Donde el juez no es recriminado sino agradecido por corregir el juego inadecuado, el "peso" o la forma no es importante, pues siempre hay una posición para cada persona, donde el individualismos queda noqueado por el entresijo de compañerismo vital que conlleva el juego en equipo.

¿Lo entienden ustedes un poco mejor?

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