Me sentía lava y me pediste que fuera incandescente. Y yo accedí sin ver como con el paso de los días me petrificaban tus fríos vistos. Todo volvió a ser un mísero deja-vú.
Haciendo tiempo. Esperando a que se volviera a apagar lo que se prendió del recuerdo. Actuar como si nada hubiera pasado. Recurrir a la falsa rutina de preguntar por el trabajo por tal de tener una interacción barata. Con lo fácil que nos tirábamos letras a la cara, y siempre pensaste que una verdad se cargaría el cristal de mis ventanas.
Nunca hablamos de lo ocurrido con sinceridad. Para hacerlo sobre 2014 hubo que esperar siete años, pero ni de coña esperaré otros siete para escribírtelo.
Si te asustó la intensidad, solo tenías que decir que parase. Sé que en cuestión de semanas parecía que rejuvenecíamos, pero no. Eramos dos adultos, dos amigos, dando rienda suelta a un deseo. No necesitaba tu charla echándome otra vez en cara que me estaba pillando de ti. Porque sólo disfrutaba, sonreía y escribía lo explícito de un fogonazo. No tengo ni fuerza ni ganas de enamorarme. Y nunca supe si te asustó o qué. Solo dejamos que todo se calmara. Y quizás eso me joda más que el hecho de que no creyeras que tenía la suficiente confianza para decir hasta aquí, darte dos besos y desearte lo mejor, como siempre he querido, amiga.
No hay comentarios:
Publicar un comentario