Mi perfección es el momento de paz absoluto. Y de ahí su propia retórica. Por más que alarguemos el brazo para abrazarla, siempre quedará alejada e inalcanzable como el propio horizonte. Tal vez esté allí. Observando solitaria pero jocosa. Eterno anhelo de grandes alpinistas de la superación que tropezamos siempre en las últimas piedras de su cumbre.
Siempre habrá algo por lo que no haya paz, o quizás si. Quizás sólo y cuando las malvas sean nuestra corona y nuestro material sea una triste ración de conserva encajonada, lo hayamos conseguido o, quizás, según a qué mentira hayamos dedicado nuestro tiempo, espacio, atención y dinero, sea la paz eterna o solo el conducto hacia una nueva etapa meritoria de la anterior.
Tampoco tengo tanta prisa en ser perfecto.

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