Saliste a pasear, y ni siquiera volviste. Tampoco es que te necesite, me hice demasiado viejo para construir castillos de naipes. Mi estancia en la azotea tarde tras tarde no es síntoma de que aguarde tu espera. Sólo esto viendo el atardecer, sólo eso.
Pasan los días, tampoco dejaste una nota que releer una y otra vez hasta que me hiriera a mi mismo lo suficiente para dejar de quererte. El aroma a flor de jazmín sigue agarrado al otro lado de la larga almohada, tan fuerte como yo a tu marchito recuerdo.
Los instantes de mi memoria junto a ti tampoco se han limado en demasía. El otoño dejando caer las hojas de los árboles como mis besos en tu cuerpo. Recuerdo que el tiempo ni siquiera era medible, estábamos tan ocupados el uno del otro que el reloj ya no contaba con nosotros.
Si supieras por un ápice que ni siquiera estoy enfadado. Inutilizado, cae otro atardecer, ni siquiera llegué a ver el sol prendiendo fuego al resto del firmamento, tampoco lo esperaba. Nunca llegará a quemarme. Las nubes me acompañaron en el lamento de decir que hoy, soy un poco menos tuyo.
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