miércoles, 23 de septiembre de 2020

20206

Llego la calma, el pinchar en hueso roto de esta dicotomía y, como una casualidad, llegó la lluvia y ese deseo de dejar caer las gotas en el rostro sin pensar en el catarro que vendrá después. Ni siquiera en lo mal visto que está hoy día el estornudar o toser. Quizás mejor así, para provocar ese aislamiento deseado a modo de cura, de tiempo necesario para retocar una cicatriz que por fin se cierra, pero en la que se ha metido el dedo tantas veces para hacer sangre, que ya ni el nervio responsable se encargaba de alertar del dolor. Ése “dejarse llevar” peliculero, sólo para mí.

A ratos sale el sol entre nubarrones. Por momentos damos unan amplia bocanada de aire, un suspiro que no tarda en repetirse por la continua depuración del ser. En días así no sabéis lo que agradezco que la mascarilla me tape la cara.

Me tengo que bajar. Podría saltarme un par de paradas más, pero llevo demasiado tiempo metido en la circular. Al menos ya he decidido levantar y tocar el botón, y solo deseo que se abran las puestas para seguir mirando al frío suelo. Porque sí. Porque cuando el gris predomina alrededor no es tan malo haber dejado sin saturación la imagen que tienes de tí mismo.

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