Cuelgan de tus bolsillos. Tus fantasmas. Por que...las mataste. Si bien tú o si no fueron ellas las que se suicidaron al pensar que no le eras suficientemente complementario. Bellos, locos, absurdos y malditos fantasmas. Los añoras en soledad y te aterrorizan cuando aparecen ante ti sin previo aviso.
Las pesadillas te pesan como una conciencia intranquila. Asesino. Y huyes de ti mismo.
Te plantas delante de esas nuevas desconocidas y ya no tienes valor para robarles la vida... Se excusan moribundas de otros homicidas con aquello de no saber lo que se tiene hasta que se pierde. Sigues callado por tu miedo cuando desearías hacerles perder su vida para que a la tercera hora de caer entre tus brazos rendidas y sin aliento, resucitaran para valorar tu crimen.
Pero nada ocurre. Otro tren pasando y yo hablándole a la botella, imaginando mi escena perfecta. Y allí estas tú o quizas tú, o ella o nadie.
Y entre lágrimas fangosas me volveré creyente solo para renunciar al cielo y así quedarme en la eternidad de esta noche ardiendo entre el infierno de tus piernas.
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