Miró en todos sus cajones. No era como esa mirada de medio segundo que enciende hasta la más cerrada de tus sensaciones, no. Allí estaba. En todos y cada uno. Como la costumbre.
Se vestía todos los días con ella. Formaba parte de su peinado. En cierto modo era su esposa concertada. Hora tras hora allí estaba hablándole mientras él miraba por la ventana imaginándose con otra. Toda diferente, ¿era posible?
No era el primero que allí se hallaba. Muchos otros se casaron tan pronto con mujeres así que perdieron la ilusión de escapar para romperle todos y cada uno de los pedazos que formaban sus corazones. Insípidos besos. Cuartos de hora abominables de misionero.
Pero aquellos otros habían tenido suerte o la buscaban con un increíble grado de acierto. Se escapaban a escondidas para engañarlas. Luego, al tiempo (cada 15 días o según convenio) volvían a sus casas de siempre, a su vida de siempre, con su mujer de siempre, ella, Rutina.
Mientras sus voces seguían desarmonizando la habitación, él seguía mirando por la ventana. ¿Y los trotamundos? Sin un penique, sin más que lo que reciben de la mendicidad y viajan de allí para allá, ¿se podría ser feliz así? ¿sin dinero? No lo creía en realidad, pero aquello tampoco daba la felicidad.
Hatillo al hombro se marchó, dejando abandonada a su Rutina, a sus hijos, Aburrimiento y Pereza y al gilipollas de su cuñado, oh si, como se alegraba de haber dejado a tras a ese imbécil llamado Miedo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario