Demasiado viejo para que sigan recordándote que eres joven. Atrevidamente cobarde, cogí rápido la vagueza debido a la lentitud de mi espabilar.
La edad, segmentos de aquejo y gozo. Previsores que reniegan del paso del tiempo y otros que nos lo comemos voraz, más rápido que de su habitual ingesta.
A mí me echan de más, contrario a la constante actitud mental de verlo todo con la mirada y sonrisa desentendida de la niñez. Pero claro, hay tanto que no parezco.
No parezco autor de mis propios pensamientos. No es razonamiento de buen asimilo conjugar la apariencia sombria, de ojos hundidos en esta gran tez que miran más asustados que desafiantes en muchas ocasiones, y la repercusión que provoca la lectura de estos párrafos.
Quizás no es lo que parece, pero mejor no seguir, por que cuando me pongo con los quizás el mundo cae de cuello tras un mortal hacia atrás; sólo en mi cabeza eso sí.
Escribo más corto. Por que soy mucho de releerme hasta el cansancio. He descubierto que a la septuagésima novena vez que relees, pierdes absolutamente el interés, así que ya sabéis dónde está el límite.
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