sábado, 27 de diciembre de 2014

Dame el teléfono...

Las madrugadas se me abren como nuevas venas que constriñen los impulsos mañaneros de aquello que apeláis el gran músculo del amor.

La pasarela luce congelada como mis palabras en su buzón de correspondencia. El aire frío de enero tapona los poros de mi insensatez por no estar lo suficientemente callado.

Seguro que os ha pasado. El creeros el centro de otro universo, beber hasta orbitar y una vez alcanzado el cálido solsticio, sacar el teléfono y fabricar arrepentimientos.

Yo nunca termino de verles el visto malo, por que lo has soltado, si lo hiciste es por que tu subconsciente no le afecta tanto el licor y los hielos mezclados.

Cuántas llamadas, cuántos mensajes y peticiones. La pena se regodea de nuestra necesidad de revoco y luego esperar...¿el qué? ¿A la mañana siguiente un "perdona estaba borracho", un "lo siento"?

No. Yo sigo riéndome por no llorar pero ojo, siempre de mi mismo. Luego existe el hacer caso al mejor de los consejos: mudar tus agonías directas desde tu entrecejo al fondo del vaso.

No puedo deciros lo que es amar. Por que cada uno lo sabe. Hace el concepto propio. Yo os juro que dejo las mujeres por un tiempo pero como comprenderás, no se si puedo cumplir algo si no estoy bajo juramento.

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