El mundo va muy deprisa. Casi tan rápido como los tragos de Bukowski o la hipocresía que se apoya en atriles.
Es raro este mundo, es raro todo. El que te dijeran que ciertas cosas son como montar en bicicleta, que no se olvidan; y eso es una de las grandes mentiras ocultas del "mundo mundial" (Manolito Gafotas en cualquiera de sus libros, hace la tira de años, Elvira Lindo).
El caso es que voy en un tren y todo va muy deprisa, todo salvo las bicis que no te recuerdan cómo montarlas. Eh, ¿eh?
Era un chiste de 20 uñas. Las mismas que intentan arrancarme los carrillos por no llegar a la altura de mi cara para ponérmela como la verdadera forma de la tierra (enlace por si no sabéis de que va).
Que el alma se puede enamorar a mamadas. Tampoco te exaltes que ahora hay muchas páginas de Grey como mis revistas de preadolescencia. Que lo que os afea no es la falta de maquillaje, es la sobra de tabú.
Se olvida el cómo y cuando dar un abrazo. Las formas y puntualidades se atrofian por el mal uso. El creerlo no es lo mismo que el sentirlo. Como cuando creíste aquello de las palabras se las lleva el viento pero siempre hay una frase que nos pesa como quintales.
Voy en un tren y quiero pensar que no llega a ningún lado, que total, para una vez que viajo en preferente.
Cuando escribo, rechino mis dolores al viento con tal de que se los lleve. El problema es que comer siempre lo mismo te pone cara de ello.
Yo quiero escribir para que tú viajes conmigo en este tren. Y no por hacerte sentir peor, sino por hacer que no estés tan sólo o sola. Y que todos los problemas sean que un cigarro se haga melodía suspirada de sus hermosos labios de mujer o que los vasos de nuestros hermanos se queden en hielos.
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