La noche no tiene más grillos que los que imploran a grito pelao' la testosterona que les sobra y el cerebro que les falta. Que no lo saben, ignoran donde está el truco bendito: todas las cosas importantes se dicen muy bajito.
Cansancio por la caminata, la ausencia de compañeros, caminando entre derruidas murallas viendo labios que se muerden en un fondo de pantalla.
El sueño agita molinos de viento y somos frágiles. Tanto que cualquier palabra nos rompe en pedazos sin que el otro sepa lo que está haciendo.
Y me atravesó.
Las canciones que emanan viveros de sensaciones y películas enteras en el segundo que dura tu largo y acongojado parpadeo. Consciente de que entró por mi oído y echó la puerta abajo de esa parte de mi cerebro tapiada con tablones y cercada por cintas de crimen imperfecto. Los murciélagos salir, la luz entrar, castillos de naipes viniéndose abajo, fichas de dominó provocando avalanchas, edificios volviéndose humo todo eso en el segundo que dura tu largo y acongojado parpadeo, frágiles.
Sentir el estómago explotar, los pulmones asustarse, faltar el aire, el latigazo de tu espina dorsal poniendo en relieve tu piel ante un estímulo olvidado por años, ¿dónde estaba eso el día que dije que no? ¿Dónde estaba yo el día que dije que no?
Dispara para terminar con esto, por que mientras lo improbable sea la perfecta definición de que es probable, seguiré mojando pólvora con el sudor de las noches de larga agonía.
Odio por momentos de ser el estúpido romántico de la derrota, pensando que nunca es lo suficiente malo, hasta que llegue el día en que no tenga la oportunidad porque no habrá oxigeno que infle mi podrida memoria.
No hay comentarios:
Publicar un comentario