Son mi nuevo día. Me duran como 10 horas por eso de que lo bueno se hace corto, intenso, breve. Paso la semana deseando su llegada, que si por mi fuera pasaría el resto de días como páginas hasta llegar a él.
Los viernes son el único día que no suena la alarma. Es el día donde más se calientan las mantas de mi cama, donde más arraigo tengo del olor a suavizante de sus telas, donde retozo de lado a lado del colchón haciéndome un capullo con las sábanas (porque algo bueno tiene que tener el que tu no estés aquí rellenando este hueco; de serlo, los viernes serían mucho más domingos).
Los viernes serían mucho más domingos si tú cuerpo tuviera una capa extra de lucha contra el frío, el mío. Sería el día perfecto para no hacer otra cosa que estudiar a fondo los puntos: los cardinales, explorando tu cuerpo con las manos de este a oeste y de norte a sur con los labios; los de braile, al tacto de tu piel leyéndola tras el beso que te erice entera; los de guía, la del camino que forman tus graciosos lunares; los de fliparlo, del puntazo que es estar contigo un día sin salir de la cama; y de sutura, los que se aplican en mis heridas por cada mirada de amor loco perdido que me lanzas. Los viernes son mis domingos.
Sólo descanso. Como un oso gigante perozoso y glotón. Que estimula su cuerpo para lo básico, que tiene el viernes como día del engaño en la dieta. Que se seduce un poco a si mismo sabiendo que no hay un día igual en la semana. Que es el único día que se me puede caer la baba sin verla, por que todo vale.
Los viernes son mis domingos porque el silencio del retozo y el calor de edredón me hace pensar en ti. En levantarme incluso. Viajar, tomar aviones, barcos, buses, trenes...¡todo!, para golpearte la puerta pidiéndote que seas parte de mis días, todos, no sólo de los viernes. 😃
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