Las canciones siempre tienen citas que huelen a nuevo. Que parece que nunca nadie había pensado hasta que las arropas con una guitarra dulcinosa y una voz que nos llame a quitarnos la ropa y ahí está, magia.
Huele a nuevo, como los libros recién abiertos. Que te estremecerán las palabras de ese manual, el ronroneo del olfato al aspirar el paso de las laminadas, el crispar la médula y provocar la erupción de tu fina piel, el empalme de vello...pero no deja de ser la 67ª edición de ese mismo mensaje.
¿Y por qué amarla diferente? Quizá no tenga el mismo valor que la del coleccionista, quizá no tenga es tapa dura que la dota de peso y consideración, casi como un status de grandeza, quizá sea una edición de bolsillo pero... ¿acaso el gramaje del folio es lo que hace girarte el corazón en silencio y a solas? No cielo, son las palabras.
Palabras para manejar formas inquietas, como el interior de una bragueta. Mal empezamos, siempre lo mismo. Las mismas formas, pero con gestos distintos.
Nunca estuvimos al mismo nivel. Nunca encontré una escalera automática y tampoco hubiera sido capaz de construirme un acceso a lo vertical. Cariño, que más hubiera dado yo por tener algo más que un mosquetón y unas cuerdas, pero soy un cobarde, y sin arnés... Las cuerdas sólo me quedan bien al cuello.
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