Desde hace cosa de un año y medio, quizás algo más. La semilla pésima puede que fuere plantada ahí en un rincón donde apenas arquea el lorenzo. Entre la última curva del estómago y el callejón trasero del páncreas, coartado a vista de águila por costillas fijas y flotantes.
Sin necesidad de fotosintetizar, fue abarcando y arraigando terreno. Regada por angustias y noches en vela, besos de pegatina de quita más que de pon y un sinfín de hechos derivados de la procrastinación.
Y lo perdí. La perdí. La motivación, las ganas, el reto, el objetivo. A un cuarto de la meta parece un corredor casi extenuado levantando la mano en señal de socorro por que ni su garganta puede emitir grito de ayuda alguna. El desinterés impregnó aquello que me hizo marcharme a quinientos kilómetros de casa, y ahora sólo parece un destino sin más, rebotado por casualidad y no por la causalidad intencionada con el que corté el umbilical que me unía a la madre llana y mora.
Ya no quiero hacer nada, es como si fuera sabedor de que si el final es el mismo y de si todos los ríos van a la mar, ¿por qué pararme en la orilla a plantar geranios o a descubrir cómo los cangrejos hacen justo lo que yo evito?
Para que mirar, si vas a morir; para que luchar, si vas a morir; para qué vivir, si vas a morir...
Y en mi desinteresado apunte se que soy un afortunado de mi transcurrir en esta tierra, de andar, ver, oír, tener todas las partes de mi cuerpo intactas, algo menos el cerebro, pero ahí están funcionando como otros que quieren y no pueden desearían para sí.
La cuestión es que aquella vivaz sonrisa descarada que escalaba plazas y apuntaba garabatos en una libreta mirando fijamente al maestro con tal de capturar toda transmisión de conocimiento...ya no está. Y ya pasaron más de 48 horas tras su desaparición.
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