Ojalá se te tambaleara tu mundo la mitad de fuerte que lo que las olas de aquí lo han hecho con mi cuerpo.
Brecha aparte, me estoy enamorando de manera casi superficial. Con solo ver apenas la tapadera de este libro llamado Tenerife, pero sinceramente, qué cubierta. Y total, no me vengas con tonterías, que tú primero me entraste por los ojos y, petición de Facebook mediante, ya pregunté si se podía pasar.
Por un caminito empedrado arriba y abajo, llegamos a una cala sin demasiadas rocas en su orilla (punto positivo). Todo esto previo viaje de guagua dónde puedes ir contando tu vida, o ceder el sitio amablemente a aquellos que más lo necesiten. El mar la azota con fiereza, (a la playa) como el jarrón que vuela entre una futura ex-pareja. Se forman dunas negras a medida que el agua salina avanza o se retira y la arena huye del continuo vaivén hasta toparse con muros escarpados que recuerdan a paredes mitológicas del inframundo.
A izquierda y derecha, se agolpan surfistas buscando adrenalina en cantidades industriales. Os juro que no lo entiendo. Seré yo, que me trata el mar como el padre severo que, si ve que empiezas a coger confianza, te suelta una ostia que te reencarnará en un ladrillo dentro de una lavadora. Pero sigo sin entender cómo pueden conseguir estos temerarios el don del equilibrio con la memorable carga testicular que supone meterse en el agua para convivir con engullidas acuosalinas que pueden sacarte el billete al otro barrio, si tienes el día tonto.
Sentado en tierra firme, asentí mojado dejando que aquella brisa me secara;
no en vano, busqué un respiro sin tara;
un recuerdo de aquellos que me hiciera aislarme de todo sentido herido;
un frescor de alivio, un viento que me animase sin vergüenza a besarte la cara.
Es peculiar la sensación que surge de ver olas gigantes deshacerse en espuma que masajea tus pies, acantilados que ganan metros al cielo por cada palmo de tierra que avanzan y que tapan sus aspiraciones entre nubarrones. Quizás por vergüenza o quizás sea porque se parecen demasiado a ti y a ese afán de no hacer caer nada a tus pies y premiar el esfuerzo de escalarte, en todos los sentidos, con la mejor de las vistas.
Creo que intentaba deciros que me ha gustado mucho Bajamar...
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