Cayó antes de que pudiera hacerlo la noche.
La suite lucía desmadrada inadmisiblemente para que un sólo hombre pudiera haber hecho todo aquello. El mini bar hizo honor a su propio nombre y se le quedó pequeño. Vació hasta las botellas de licor añejo de esas que nadie quiere pero que todo el mundo regala como obsequio formal en pascuas. Quitó las sábanas. Sólo el edredón lo tapaba ante la carraspera que se abría paso tras el balcón abierto. En la terraza, una de las mantas color blanco con infinidad de manchas de destilado escocés ondeaba como pidiendo rendición a un hombre hundido. Traidor, pero hundido.
El teléfono no supo configurarse lo suficientemente rápido en modo avión y cayó hasta estrellarse con el acerado urbano. Los platos se distorsionaban por las mesillas de noche iluminadas con velas que apagó en el último resquicio de consciencia para evitar salir en las portadas de algún diaro al día siguiente. El baño fue remodelado con el peculiar estilo de desengaño alcohólico. Bilis esparcida como su propia vida por el suelo. Había cuerpo humano fusionado en puro líquido aderezado con algún resquicio de hígado. Un festín de caldo para cualquier caníbal.
«Y no quiere casarse conmigo...»
No hay comentarios:
Publicar un comentario