jueves, 1 de enero de 2015

Relatos: Invitaciones de boda

El sobre era como el de las cerca de trescientas invitaciones que empapelamos. Era fácil recordarlo. Yo no tenía ni puta idea, por aquello de que las manualidades no eran lo mío, pero disfrutaba verla a ella lamer las tapas, como tantas papelinas de cigarros de después. Deambulado por el apartamento en sujetador y shorts, sin sombras en sus ojos, sólo con una gran mota blanca encima de su barbilla, su jodida y perfecta sonrisa. Nombrábamos a los invitados. Jugábamos a imaginarnos su vida y sus comentarios tras ver la invitaciones:

- ¿Éste se casa? ¿Pero no se fue a Portugal de putas?-. Se partía el ojete, pero ella imitaba a las viejas cascarrabias aún mejor.

-Oyoyoyoy, que la Ángela se casa, quién lo iba a decir con la bala perdida que parecía.

Exacto. Éramos balas perdidas que fuimos a parar al mismo punto de la diana, esa puta diana que albergaba al resto del mundo. Para nosotros perder era ganar: perder la ropa, perder la vergüenza, el miedo, la seriedad… nos encantaba perder.

Mientras ella pegaba lo sobres, yo jugaba a escalar a besos su espalda, de vértebra en vértebra mientras se reía por el cosquilleo. Cerró el penúltimo sobre mientras se abrió el broche del sujetador, se volvió y me besó. Los sobres cayeron sobre la mesa, nosotros caímos sobre los sobres y entonces los hicimos parte nuestra. Podías sentirlo. Los sobres tenían amor, joder, albergaban la esencia de un polvo a media tarde con el café haciéndose a escasos metros de aquella tabla donde capitulé condiciones una vez más de por qué me iba a casar con ella, pese a todo lo demás.

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