lunes, 16 de marzo de 2015

Autocontrol

El miedo que me corroía. ¡Qué último mes tan fangoso!, ¿Tú te acuerdas de las pataletas de aparcamiento? ¿De cogerte entre mis brazos llorando y preguntar a los mil demonios? Y ahora sí, y entonces no.

Solo lo diré una vez más: me dará igual, todo. Las infamias que intenten acercárseme, las tentaciones sólo contigo y con tus tantos recuerdos. Y sin embargo, sabiendo que el día menos esperado puede que te atropelle alguien con su palabrería como lo hice yo. Y sin embargo, lo sabré. Y sin embargo, me callaré. Pero mientras el destino juega a ser coqueto, déjame pintarte una pequeña sonrisa cada día por todos los amaneceres que pasaste nublados. Y me lo recordaras una y millones de veces lo hecho y te pondré una mejilla, siempre la misma, por que la otra es para tus besos.

-Mira allí arriba, ¿lo ves?
-Me cuenta la leyenda bien contada, que yo fui pirata entre sus mareas, de una trayectoria curva idílica, entre el hueco de sus dos mejillas.

-¿Y los ojos? ¿Te conviertes en piedra si ves sus ojos?
-Casi. Recuerdo mirarlos durante largos periodos de tiempo y quizás fuera por que era yo, pero a mi no me ocurría nada. Y era yo, su calma, su risa, sus travesuras, aunque todo aquello era ella y nada más que ella, pero era yo. Veías como mataba a otros con una sola mirada y si aquello no era suficiente en dos palabras los desarmaba.

- ¿Y por qué a ti no?
- Por que era ella, y ella era yo. Nunca hice locuras así. Lo más parecido a la broma de "dejémoslo todo y huyamos lejos" y por días fue así.

¿Y qué más? ¿Que tenía más?
- Como lo de "en frascos pequeños se guarda lo bueno". No sé, ahora te ríes, te alegras de que recupere la sonrisa, que viva y llore a carcajada por la tontería que le suscita un poco de amor de los suyos, y tú lo ves a gran distancias de unas casas como tus aspiraciones, colgadas.

-No te he entendido...
- Comienza el sendero en sus diminutos pies, suaves, vestidos de algún calcetín chillón y ñoño que suscite tu risa y su "pues a mi me encanta". Esa mezcla de niña y mujer que hace que quieras comértela de lo mona que es y termines comiéndotela a dentellada pasional viva.

-Ala...
-Ya te hable de eso, de que te sorprended. La mayor de sus virtudes, lo pone en mi libro de autoayuda, capítulo 8.

-Ah, ya recuerdo.
-Sigo. Y me pondré turgente como su culo. Me t(i)en(e)ia embelesado. Sus piernas fuertes que corrían y hacían correr(se) a trote impulsivo/revulsivo. Unas curvas que podrían formar parte de la mejor de las carreteras, puntos negros certificados que al pasar por esos giros te salieras de la linea y cayeras al fondo de su acantilado...

-¿Y qué más?
-Otro día. Hoy ya la he echado un poco más de menos. Poco a poco, yo lo llamo autocontrol.

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