domingo, 29 de marzo de 2015

Tren (3)

En el vagón huele a potaje, o algún guiso conocido para los habituales de la cuchara; un bebé llora desconsoladamente, a pesar de ello el olor pegajoso del guiso es lo que más me molesta; y las viejas (también hay viejas) no paran de parlotear, algunas en valenciano y otras, ante éstas, exponen su cuidado acento de la capital en un "todo por la patria" y "este vagón del AVE es Español".

El puto guiso me esta causando migraña y analizo despectivamente la situación de alrededor como consecuencia. Y es que actúan como una peli americana de comedia/mojón/tragedia. Detrás de mi hay una voz agradable, me recuerda el sur, el acento, esa brisa, aquello que no sabes explicar que terminas diciendo el argumentado y convincente dicho de "eso que tiene el Sur". Sin embargo, tiene síndrome de "afilador de pueblo del domingo a las 10 de la mañana" y ello ha causado que interrumpa mi sueño como consecuencia de su intenso tono, un tono que por muy agradable que suene me ha jodido la cabezada.

Joder, ¿pero quién demonios come potaje en un AVE? El bebé sigue su particular himno a los altos decibelios a pesar de encontrarse en el fondo del vagón. Delante de mí hay una pareja de adultos o algo así, por que la cónyuge se aqueja en cantidad similar al retoño del final. "¿Ésto dicen que es cómodo?", reprocha olvidando que viaja en turista y que preferente está 5 vagones mas allá y otros tantos de su bolsillo.

Una de las cosas que tiene de nuevo este viaje es que me ha tocado sentarme al lado de una belleza: rubia, tez fina, ojos azules, largo pelo, vestida con un estampado floral de esos que se llevan ahora pero que hace 10 años encontraríamos en una cortina, piernas delgadas envasadas en negro y unos zapatos que sólo se diferencian de aquellos que recomendaba el podólogo en un distintivo decoro dorado. El deseo de cualquier hombre, el problema es que hace tiempo que no me considero como tal. No es que me haya cambiado de acera, son las sensaciones, los detalles y las expectativas.

Me imagino una insolente conversación donde me dicen: " ¿Has visto? Soy una belleza", y yo sin tiempo para encenderme un cigarrillo (porque no fumo) diría: "Muy bien, encantado, ahí te quedas que he visto una mosca volar en aquella dirección ". Ésa es la sensación, los detalles y las expectativas.

Ya no huele a guiso y es un consuelo. Quedan unos 20 minutos para pisar Córdoba y evito echarla de menos pese a estar ya aquí. Pero es el torbellino del cambio. Un día estás aquí, al siguiente das mil vueltas, llegas a otro lugar, vuelves a caer en la espiral del viento y de repente estás donde comenzaste.

El niño ha dejado de llorar, el sol se pone poco a poco dando los últimos resquicios de luz y calor mientras avanzamos a toda ostia atravesando La Mancha dirección mis vacaciones, mi familia, mis amigos y otras tantas partes que siguen vivas de mi antiguo yo.

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