Suspiro en ocasiones recordando esos últimos minutos, sobre todo el parpadeo final, un último. Se cerró su sitio en el cerebro y el mi corazón en el momento que se cerraron las puertas del vagón.
Creo recordar que era sobre mediodía. Hacía un sol espléndido. Recordaba como sólo días antes habíamos discutido más que en todo un año. Qué año. Fue un año de mierda salvado por dos o tres cosas, suficientes para desequilibrar la balanza.
Mi trabajo cada vez se valoraba menos y me había convertido en esos personajes amargados que suelen reírse de la ilusión con la que llegan los chicos nuevos al lugar. Pese a ello no permitía que me pisaran el terreno y trabajaba más de lo que debía.
Estudiaba a mi manera. Una academia de inglés, por lo de no echar el año en valde. Falte más clases de lo que una madre responsable hubiera permitido y aun así odiaba creer que aquello me serviría para algo más que entender series en V.O.S.
Vivía en un piso de mierda. Un cuarto sin escaleras con gilipolleces entre paredes. Un piso de esos que tienen 90m2 pero que 60 son de pasillo. Ése era mi piso. La habitación sólo era un recinto a escala en la que un diseñador de interiores habría muerto en el intento de crear espacios donde no los había. Pero las paredes estaban bien decoradas, de eso si me acuerdo. Aun así, prefería la cama de Fleming.
Y al otro lado ahí lo tienes. Fútbol sala semi profesional, me pagaban por sentarme en un banquillo hasta que tanto sudor mereció la pena. Fueron meses felices, convulsos y agradecidos que nunca olvidaré y que aún sigo con la incognita de si los podre repetir algún día.
Y desequilibrando la balanza de manera espectacular ella. Una niña encerrado en un cuerpo de mujer o una mujer encerrado en cuerpo de niña (crecida, de pedófilo nada ojo). Capaz de arrastrarme durante ¿cuánto? ¿Dos meses? Por ahí, hasta que le dio la real gana de darme un beso (tras tres intentonas fallidas de servidor con sus correspondientes cobras) no lo intenté más porque aunque ya no me quedaba moral que seguir bajando, temía que ella terminara con collarín.
Y así un año. Un año donde grité, luché, forcejee, discutí con mil y una personas...pero con ella no. No hasta varios días del último día.
No recuerdo apenas nada del último día. El ambiente era raro, extraño, se me atragantaba de tal manera que apenas podía pronunciar palabra. Mientras bajaba la escalera mecánica ella corría. Camiseta blanca veraniega porque en Córdoba no llega el frío hasta noviembre por lo menos, sus shorts amarillos, el cuerpo por el que tanto había divagado mis pensamientos, y sus ojos detras de las Ray-Ban brotando miseria por el idiota que le había roto el corazón de nuevo, castigándose por haberse dejado de nuevo engañar, prometiéndose una vez más que ya no habría una vez más, y todo ese rollo que si no fuera por las revistas del corazón no hubiera sabido nunca.
Albergué tanta verguenza que no pude mirarla a la cara en años. Y pese a todo ella volvió veinte minutos con su bufanda amarilla de olor a vainilla. En todo un año, veinte minutos.
Me beberé todo esta culpa a día por lágrima que derramaste, por ser mi carga, no es pena, ni misericordia ni búsqueda de nada. Es algo justo. Total, mientras te luzca una sonrisa...
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