miércoles, 29 de octubre de 2014

Cuarenta

En una de las tarde venideras de noviembre me conseguí preguntar por millonésima vez...

Cuenca me besó tan rápido que apenas tuve tiempo de echar de menos mi tierra; lo hacía a escondidas, por que no todos los lamentos deben compartirse. Esta ciudad me acurruca a sus pies ante el frío proveniente; me deslumbra parajes inauditos y aún le quedan por mostrarme. Su encielado casco antiguo fue floreciendo laderas escarpadas abajo en curvas sinuosas que permiten tener una despedida larga al tornar la mirada en dirección a los pasos dados. 

Mas allá de la Catedral, surcan los puentes de hormigón para abrazar sus partes y mantenerla como una misma. Hace semanas me cogió el Júcar de la mano y me paseo entre arboledas prometiéndome musas y ninfas que aliviarían mi sed de palabra y sabiduría. Caminé callado por respeto al pisar aquella tierra siendo un extranjero y al verme inmutado hizo el aire viento y me abrazo por los hombros, como la acogida fraternal de un largo tiempo separados por algo más que la distancia.

Sentí la piel erizarse como si una caricia noruega fuera. Tan fina y sedosa como las sábanas que imagino sobre tu cuerpo. Llamando más la ternura por lo que muestran que por lo que ocultan.

Seguí caminando mientras hacía oídos sordos a las agujas de mi muñeca. Esas tan afiliadas que nos esclavizan a todos mas por ese instante callaron. No había tiempo, solo mi respiración cortaba los instantes en lentos segmentos de relajación, seguí caminando.

Al fondo no había musas, no había ninfas, ni libros, ni respuestas. Solo un tremendo golpe que me hizo despertar entre sudores enfermizos, fiebre candente y sed áspera.

A veces vuelvo a recorrer ese camino y en el final dibujo mis caprichos, mis deseos, mis avaros menesteres. Pero últimamente me pierdo por esas arboledas; me encuentro tan perdido de mi mismo que mis crónicas diarias son de narrador omnisciente, en tercera persona.

La otra noche, tras un largo silencio volví a encontrar aquel lugar en mi imaginación. Ante semejante alegría decidí permanecer en una de las rocas que me hizo las veces de colchón. Al sentir un escalofrío, entreabrí los ojos y la vi:

Con las piernas entrecruzadas enfrente de mi, cubriendo su pequeño cuerpo un gran cuaderno que me ponía en duda si realmente llevaba algo de ropa; una cabellera negra reposaba en uno de sus dos tiznados hombros color café. Volví a entreabrir los ojos para corroborar mi despertar y entonces, percatándose del fin de mi letargo huyó despavorida entre la maleza.

Quizás el Júcar no se equivocaba en prometerme una musa, pero nadie me dijo que sería yo el que estuviera a su merced.

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