lunes, 6 de octubre de 2014

Treinta

El pecho me arde por estallar en un motín. El hígado se rebeló al comprobar que abandone el whisky que le hacía preso de su masoquismo por licores de cualquier ideología. El cerebro no, se mantiene dictatorialmente conectado a mis sentidos; la censura consume mis aspiraciones al  error fácil mientras siguen los hielos rebotando entre sí al fondo de mi copa, el otro bando.

Palabras, gasto palabras que sobrevuelan y se enredan en los oidos ajenos como serpentina barata. Ya no valen nada. Son acciones en bolsa crecientes hasta que me marcho por la puerta de una habitación que no es la mía vistiendo aún las mudas del anterior día, produciendo así el boom y los números rojos. O quizas el silencio y la acepción de convertirme en una página más del libro que sigues leyendo por aquello de " ya que lo he empezado..." , ¿Quién sabe? El mundo sigue cambiando y para listas, ellas.

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