Venía en el tren sin poder tomar nota, por que es lo que tienen los aparatos, que no duran todo el día. Traía también lápiz y papel en la mochila, pero me separaban de ella una señora muy gorda en el asiento que daba al pasillo.
Mi asiento daba a la ventana. Miraba los valles manchegos guiñándome con agradecimiento mientras el sol me iluminaba lo posible antes de cruzar la frontera.
- ¿Adónde vas?- me preguntaba la tierra escarpada.
- A casa mi vida, mi mujer me espera- contesté con el ademán del que va a por tabaco y sabe que va a volver.
Las horas lejos de ella eran tachones de calendario. Hoy vuelvo en su encuentro, más viejo , más cansado pero vuelvo, para decir que nunca te olvidé.
Bajé del tren y postrada ante mi tu cabellera simulaba la más grande de las banderas. La miré tan profundamente a los ojos que me ahogue en esos pozos de amor gitano. Toqué su piel tostada y suave para mantenerme a flote, y en el primer halo de respiro despues de rozar la muerte no pude sino besar tu nombre, Córdoba, otra vez de nuevo contigo.
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