viernes, 10 de octubre de 2014

Treinta y dos

Venía en el tren sin poder tomar nota, por que es lo que tienen los aparatos, que no duran todo el día. Traía también lápiz y papel en la mochila, pero me separaban de ella una señora muy gorda en el asiento que daba al pasillo.

Mi asiento daba a la ventana. Miraba los valles manchegos guiñándome con agradecimiento  mientras el sol me iluminaba lo posible antes de cruzar la frontera.

- ¿Adónde vas?- me preguntaba la tierra escarpada.
- A casa mi vida, mi mujer me espera- contesté con el ademán del que va a por tabaco y sabe que va a volver.

Las horas lejos de ella eran tachones de calendario. Hoy vuelvo en su encuentro, más viejo , más cansado pero vuelvo, para decir que nunca te olvidé.

Bajé del tren y postrada ante mi tu cabellera simulaba la más grande de las banderas. La miré tan profundamente a los ojos que me ahogue en esos pozos de amor gitano. Toqué su piel tostada y suave para mantenerme a flote, y en el primer halo de respiro despues de rozar la muerte no pude sino  besar tu nombre, Córdoba, otra vez de nuevo contigo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario