miércoles, 29 de octubre de 2014

Treinta y nueve

Traición. Traición a mi mismo. Culpable, testigo, fiscal, juzgado y juez. Todos en uno. La palabrería de mi defensa ante la pena que acaecía no aliviaba los deseos de añoranza del trato maternal.

Es que no sé ni supe cómo hacerlo nunca. A veces vinieron a mi en búsqueda de saliva corrompida y otras la rudeza hizo de alivio al ese primitivo arrebato. ¿Dónde esta la delicadeza, la fragilidad en los besos por la rudeza de las sábanas? Los poemas. Quien pudiera.

Y tú. Tú, maldita sea. Esas manos que moldean las percepciones con colores. Los ojos preguntones y algo entristecidos (llega a ocultarlos incluso) solo te haces la interesante y joder cómo me interesa.

Pero yo, otra vez yo seré mas deforme, menos joven, puede que ni una pizca de gratitud en belleza me salpique el rostro, las manos, el torso... Pero ahí podrías tenerlo. Locuras, palabrerías mimándote el tímpano justo un instante después de nuestra gran batalla. Y si tampoco tienes las orejas para historias de viejo verde no te preocupes, con un beso apostólico guardare silencio y no reviviré mis ganas de volver a caminar sobre tus revueltas aguas. Pero hablamos del ahora...

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