jueves, 23 de octubre de 2014

Treinta y cinco

Es una noche más como tantas de las que llevo nadando en este cuenco. El adormilamiento de las pastillas impide que pueda sentir cómo se pudren mis nervios; a pesar de todo, de vez en cuando, noto cuando me vuelven esos latigazos de dolor.

Enciendo la radio. Tenía algo, una práctica quizas que hacer con la susodicha pero prefiero simplemente escucharla. Volteo dos veces todas las frecuencias, nada instrumental. Sólo la Nacional Clásica pero ni siquiera tiene el tono melancólico que me masajee los recuerdos de mejores tiempos. Dejo Kiss FM, a lo que hemos llegado. Suena Mars, "way you are" o "Just the way you are"...

Vaya, recuerdo esta canción. Recuerdo dedicarla al único amor que he considerado tan gigante como para otorgarle palabra de tal calibre. Amor de cuando ya sabes amar, amor del grande, de ése que sin embargo bombardeé como un suicida.

¿Cuánto hace ya memoria? ¿Dos años? Increíble. Increíble que todo lo que tenga de ella hayan sido algo más de veinte minutos de despedida en setecientos treinta días. ¿Merecido? Quizás para mí sí. Para ella, no.

Aquí sigo amor, varado. Mi barco, mi sentido aquel que rompió icebergs de estatus para encayar en estas tierras, manejado por ése capitán con la mayor de las cicatrices en el pecho; capitán que rodó por sí hasta buscar su tierra prometida y que no muere hoy día por el agua de coco. Bebe entre barbas inmensas de medio náufrago que encubren su temblona barbilla mientras destapan su pérdida. Un cuaderno de bitácora con reseñas de intentos de auto-tormento.

Yace, encajado como la comida prefabricada entre mis encías machacadas. La mente que solía acunarse por encima de mis hombros sufre hoy día vaivenes tan fuertes que tengo que sujetarla como si fuera una copa de balón a punto de rebosar, como las que bebías para aliviar tu sed, pequeña.

Ese tesoro personal llamado paz que vine a buscar sigue a medio camino entre mis manos desdibujadas y la tierra excavada por ellas mismas. Tierra dura encriptada que oculta aquello  a lo que vine a buscar.

Si tu supieras cómo rasgo la roca, si tu supieras que en esta isla hay un mirador tan alto como aquel monasterio al que me llevabas pero que aún no he sido capaz de alcanzarlo. ¿Lo ves? Ya no soy un gigante.

Cierro otro papiro secado al lorenzo, lo embotello y lo arrojo al mar como quien arroja la ira con sus gritos. Otra botella con otro mensaje más, como cada semana, como cada vez que mi mente vuelve con noticias del extranjero. 

Desperté. La radio, pequeña, la radio se quedó encendida con aquella canción. Buenas noches mundo.

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